Imaginación, creatividad, juego, homeschooling…

Cuando Michael Tolkien tenía diecinueve años se ofreció como voluntario para servir en el ejército. Su padre le envió una carta en la que le decía que lamentaba mucho que su carrera universitaria hubiera sido cortada en dos, pero añadía:

«… en tiempos de paz, quizá nos centramos demasiado en pensarlo todo como una preparación y un entrenamiento con el fin de volvernos aptos… ¿para qué? En cada momento lo que cuenta es lo que estamos haciendo y no lo que planeamos hacer».

La verdad es que a lo largo de todos estos años haciendo homeschooling he sentido muchas veces y con demasiada frecuencia auténticos ataques de pánico por diversas causas.

Cada vez que uno de mis hijos empezaba la etapa obligatoria de escolarización. Cada vez que uno de ellos cambiaba de etapa (de infantil a primaria, de primaria a secundaria, de secundaria a bachillerato, de bachillerato a exámenes por libre…).

Un sinvivir ja,ja,ja… Por eso entiendo todos los sufrimientos de las madres que me escriben porque el niño no escribe, no lee y solo quiere jugar… Lo entiendo aunque ahora estoy convencida de que uno de los mayores regalos que podemos hacer a nuestros hijos es el de permitirles el mayor tiempo posible de juego y ojalá ese juego se alargue toda la vida.

Afortunadamente cada vez me angustio menos, porque la experiencia es un grado, y ya he podido comprobar que todos los niños aprenden cuando les llega el momento lo que necesitan para vivir y mucho más… Pero sobre todo he comprendido lo que dice Tolkien, que no tiene sentido hipotecar el presente en aras de un futuro, que por otra parte cada vez es más incierto. No tiene sentido que hipotequemos su presente ni nuestro presente. No merece la pena vivir preocupados. No tenemos ni idea de lo que se nos viene encima. Lo mejor que podemos hacer con el tiempo que se nos ha dado es vivir agradecidos y disfrutando de cada día. Darlo todo. ¡Solo por hoy! A cada día le basta su propio afán.

Lo único que está claro ahora mismo es que nos enfrentamos a un mundo nuevo, una realidad diferente y que para sobrevivir, nuestros hijos van a necesitar una gran dosis de creatividad.

Ken Robinson cuenta que en unas pruebas específicas el 98% de los niños antes de la educación infantil obtenían el nivel máximo en pensamiento divergente. Poco después esa tasa bajaba al 32%. Entre los trece y quince años ya no era más del 10%. Y en adultos desciende al 2%. Explica Ken Robinson que:

 «Todos poseemos esa facultad. Y muy a menudo se deteriora. Esos niños han vivido experiencias muy diferentes hasta llegar a ser adultos, pero tienen un punto en común: todos han recibido una educación. Han pasado diez años aprendiendo que solo existe una respuesta, que deben saberla de memoria y que está prohibido copiar».

Dice André Stern que:

 «Los niños ven siempre las cosas desde un punto de vista creativo. Les atribuyen sin parar nuevas funciones y nuevas aplicaciones.  Consiguen que nazcan juegos de objetos inesperados. En la vida profesional, esa es una competencia muy valorada. Para adquirirla después, hacen falta estudios laboriosos, cursos de perfeccionamiento muy caros. Y eso que es una competencia innata».

Una competencia que todos tenemos al nacer y que la escuela consigue asfixiar en prácticamente todos los niños y además una competencia que les va a hacer falta sí o sí y que podemos preservar en los nuestros.

O sea que, si hacemos homeschooling, por lo menos nos aseguramos que vamos a proteger la creatividad de nuestros niños. 

Hace años me decía una madre que había educado en casa a sus hijos: «Mis hijos son buenos en todo lo que yo no les he enseñado». Aquella afirmación también se está haciendo realidad en mi familia. Mis hijos también destacan en aquello que yo no les he enseñado y pienso que ahí radica el «quid» de la cuestión. Al no dominar una disciplina les dejas libres, no les corriges (más que nada porque no tienes ni idea) y ellos se tienen que buscar la vida y pueden desplegar más fácilmente su creatividad.

Muchas veces hemos comentado madres que llevamos muchos años haciendo homeschooling lo bien que salen los chicos, a pesar de nuestra mediocridad o incluso de nuestra inutilidad ja,ja,ja… y debe ser precisamente por eso.

El pediatra Carlos González siempre decía que los padres no suelen obligar a comer a sus hijos, no les preocupa, y ese pasotismo es muy beneficioso porque nunca y bajo ningún pretexto es conveniente obligar a comer a un niño. En cambio, las madres nos preocupamos más y creemos que si el niño se va a la cama sin cenar se va a morir de inanición y tenemos más tendencia a insistir y convencerles de que coman si quiera un poquito… y no digamos nada si es la abuela la encargada de darle la cena (el niño se lo come seguro). Con la educación sucede lo mismo, los padres raramente se preocupan si el niño lee o no lee porque dan por supuesto que algún día lo harán y les hacen un bien. Cuando un niño tenga hambre comerá (si tiene comida disponible), cuando un niño necesite aprender a leer o a sumar lo hará en un plis-plas.

Y eso es grosso modo lo que sucede en el ámbito del hogar y del homeschooling. A veces no llegamos a todo y lejos de perjudicar a los niños les hacemos un favor. Cuando educas en casa, además tienes que cocinar, recoger, lidiar con trámites burocráticos, encontrar esos tiempos para ti (para leer, pintar, formarte, trabajar, escribir…) y además somos humanos y hay días en los que nos levantamos más cansadas que cuando nos acostamos, o estamos de bajón, o tenemos problemas y en esos días o en esas rachas quizá no estás al cien por cien con los niños. Y aunque nos sintamos las peores madres del mundo y estemos convencidas de que somos unas inútiles, y que estamos arruinando la vida de nuestros hijos para siempre en el fondo les estamos beneficiando porque les estamos dejando ser, les estamos permitiendo ser libres, les estamos dando tiempo para jugar, para aburrirse, para pensar, para soñar, para crear…

Tonucci cuenta: «En las viviendas humildes como la mía, cuatro hermanos en la estrecha cocina donde nuestra madre tenía que lavar, coser y preparar la cena eran demasiados. Nosotros pudimos aprovechar aquella bendita ignorancia para disfrutar de nuestro tiempo libre y para aprender a vivir».

Y cuando estamos bien, que es casi siempre, seamos honestas… Entonces es ¡tan fácil! preservar y fomentar esa creatividad de nuestros niños que es casi imposible que lo hagamos mal.

¿Cómo podemos conseguir que nuestros hijos se conviertan en adultos que conserven íntegra su creatividad? Si los niños están escolarizados podemos y debemos aprovechar las tardes y las vacaciones.

  • Leyéndoles en voz alta. ¿Por qué? Porque cuando tú lees a tu hijo no les estás dando una clase magistral de nada, simplemente le ofreces la oportunidad de charlar con un amigo. Es una relación entre ellos (entre el que escucha y el autor del libro). Nosotros simplemente nos limitamos a presentarlos. Por eso me ha gustado siempre tanto esta actividad. Te voy a leer un libro de … que es como decir te voy a presentar a una persona majísima, ya verás que bien te cae…
  • Permitiéndoles en la medida de lo posible seguir sus intereses auténticos. Si lo pensáis bien, seguramente lo que os hacía muy felices de pequeños, es lo que os suele llenar el alma, ahora que sois adultos. Y a lo mejor has dado muchos rodeos para terminar haciendo lo mismo que hacías de pequeño. Quizá durante muchos años de tu vida seguiste un camino que no era el tuyo porque estudiaste una carrera que tenía muchas salidas, aprobaste una oposición y no te atrevías a dejar el trabajo porque con los tiempos que corren… y pensabas que sería imposible vivir sin ese sueldo y de repente un día te lanzas y descubres que eres feliz llevando una vida mucho más sencilla, criando y educando a tus hijos en la intimidad del hogar y que no es verdad que necesites todo lo que te han dicho que necesitas, que se puede vivir de muchas maneras, etcétera.
  • Frecuentemente hay que llegar a acuerdos con ellos (sobre todo en la adolescencia), porque casi con toda seguridad tendrán que hacer cosas que no les gustan pero que nosotros consideramos indispensables. Por lo que una vez que hayan hecho eso deberían tener la posibilidad de dedicarse a sus intereses, a aquello que les hace felices, aquello que es su vida. Y os advierto: es fácil que no coincida con nuestros intereses o lo que pensamos es mejor para ellos…
  • Dejarles jugar mucho, no interrumpir nunca su juego y procurar que sea con juguetes lo más sencillos posible. Sin pilas, sin pantallas, sin luces… Volver al juego auténtico, al que han jugado los niños a lo largo de la historia, el que desarrolla la imaginación… Antes los niños nunca se cansaban de jugar porque su juego involucraba el cuerpo y el alma. Dice Tonucci: «Siempre he sostenido que el juguete más bonito e importante es la arcilla, porque no es nada y se puede convertir en todo: los niños le dan forma y la convierten en plato, muñeca, bolita, soldadito, camión, avión, caballo y todo lo que su fantasía puede inventar y el juego elegido requiere. Por eso los hombres usan la arcilla desde hace miles de años para construir los objetos que necesitan en su vida cotidiana – ollas, copas, platos – o realizar obras de arte y de religión como estatuas y urnas funerarias».
  • Que tengan tiempo libre. No llenar sus vidas de actividades, de trabajos, de deberes, de obligaciones, de actividades extraescolares.
  • Procurarles un ambiente relajado en el hogar. No hace falta tener una casa de Instagram, pero sí es necesario evitar el ruido de fondo. Apagar la radio, la televisión y escuchar solo sus risas. Un ambiente que invite a desear aprender: con libros, láminas bonitas, plantas, animales, materiales para crear (lana, telas, papeles, material de dibujo, maderas, pegamentos, seguetas para cortar…).
  • Mucha naturaleza o vida al aire libre. Y si vives en el centro de una gran ciudad convierte tu casa en una selva ¿Qué te lo impide? Cuidar plantas tiene muchos beneficios para toda la familia.

El homeschooling nos ayuda a recuperar nuestra creatividad dañada por tantos años de escolarización. Si somos capaces de entusiasmarnos de nuevo, lograremos transmitir a nuestros hijos la fuerza necesaria para alcanzar el objetivo vital del que habla Chesterton.

 

«No solo se puede decir mucho en alabanza del juego, sino que es posible decir las cosas más altas en elogio del mismo. Podría mantenerse razonablemente que el verdadero objetivo de toda la vida humana es jugar. La Tierra es un jardín de tareas; El Cielo un patio de recreo».

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