Hay un lugar llamado cielo…

«Hay un sitio llamado “cielo” donde lo bueno inacabado aquí se completa; y donde las historias no escritas y las esperanzas no satisfechas se continúan. Puede que riamos juntos todavía».

Carta de Tolkien a su hijo Michael cuando este último estaba en la guerra.

La muerte es una realidad incómoda. ¿Puede haber algo más incómodo que la muerte? ¿Acaso no nos produce repugnancia hablar o pensar en la muerte? ¿No nos estremece el hecho de imaginar la muerte de un ser querido? Porque la muerte propia, como decía siempre un profesor de la facultad, es sencillamente inimaginable.

Cuando escribo estas líneas hace unas horas que ha fallecido un amigo de mis hijos. Acababa de cumplir veinte años. Iba con un monopatín por la calle y fue arrollado por un autobús. Después de pasar dos días muy grave se ha producido la muerte cerebral y después su corazón ha dejado de latir. Durante ese tiempo la familia estuvo intentando arrancar al cielo un milagro. Muchas personas de todo el mundo han tenido presente a este muchacho en sus oraciones, y también en sus pensamientos o meditaciones. Al fallecer, su familia compartió un mensaje para todos los que habíamos estado pendientes de su hijo, y este mensaje sorprendió, escandalizó y provocó la admiración de muchas personas que no llegan a entender esa paz y esa aceptación de algo tan tremendo como es la muerte de un hijo.  De hecho, debe haber pocos acontecimientos más dolorosos que enterrar a un hijo, es antinatural.

«Hola a todos. Ante todo, daros las gracias por haber estado tan pendientes estos días. Dios se ha querido llevar a José Ramón. Si después de todo lo que hemos rezado se lo ha querido llevar, es porque tiene otros planes.

Ayer os decía que estaba extrañamente tranquilo, y después del fallecimiento de José Ramón, estando tristes, al mismo tiempo sabemos que está con Dios.

Estaba pensando que estamos aquí de paso, y no depende de nosotros el tiempo que vamos a estar en vida, pueden ser noventa años, o en este caso veinte años recién cumplidos.

Sea lo que sea, el tiempo que Dios nos dé queremos hacer todo el bien que esté en nuestras manos.

(…)

Ver a la madre de José Ramón pedir la donación de órganos para salvar una vida… da igual cuál sea… como ya he dicho estamos aquí de paso para hacer el bien que podamos.

Una vez más daros las gracias por todo».

Al leer este mensaje me inundó una profunda paz y una seguridad «irracional» de que todo está bien, y sobre todo me recordó al momento en el que tuve en brazos a mi quinto hijo recién nacido. Cuando estando felizmente embarazada nos dijeron los médicos que nuestro hijo tenía problemas me quedé literalmente en shock y durante un par de días no pude ni comer, ni descansar, ni dejar de llorar. Era como estar viviendo una pesadilla en la cual eres la protagonista, pero no puedes creer que eso te esté pasando a ti. No entiendes nada, te preguntas el por qué, te culpabilizas, te enfadas con el mundo e incluso si eres creyente con tu Creador.

Yo decía:

– A ver Señor, que yo soy de las buenas, que creo en ti… de toda la vida… que quiero tener a este bebé… que lo voy a cuidar (ya sabes, lactancia prolongada, colecho, homeschooling…), que esto tiene que ser un error. Y pensaba en las palabras de Santa Teresa cuando decía “Señor, no me extraña que tengas tan pocos amigos si así tratas a los que tienes”.

En cuanto superé el shock inicial decidí que mientras hubiese vida había esperanza y me aferré al milagro.

¡Qué menos que un milagrito para mí!

Y entonces removí Roma con Santiago y empecé a pedir oraciones por mi hijo hasta que conseguí que hubiese cientos de personas de todo el mundo rezando por nosotros. Iba a cada ecografía convencida de que todo habría cambiado, y me dirían los médicos sorprendidos que no se explicaban qué había sucedido, pero que mi hijo estaba perfectamente bien.

Por suerte o por desgracia eso no sucedió en ninguna ecografía, ni tampoco en el momento de su nacimiento y tal y como afirmaban los médicos y los ecógrafos nació tan enfermo que apenas si llegó a vivir quince minutos.

Estuvo toda su vida en mis brazos, una vida muy breve, pero ni tan mal… pues lo único que recibió fue el amor incondicional de sus padres… y en esos momentos, cuando su corazoncito dejó de latir encima de mi pecho comprendí que todo lo que hasta ese momento me habían contado acerca de la vida, la muerte y el más allá era cierto. No vi nada, nadie me habló, pero lo entendí, se me desveló la Verdad. Me inundó una paz que no era de este mundo y que nunca jamás en mi vida he vuelto a sentir. Por eso entendí al padre de este chico, cuando hablaba de esa paz al morir su hijo.

“Yo solo quería una señal, cualquier señal, para estar seguro de que lo que mamá decía sobre Dios, la cueva y el cielo era verdad”

Natalia Sanmartín Fenollera

Por supuesto que el dolor insoportable, absolutamente insoportable, me acompañó durante mucho tiempo. Lloraba, lloraba y lloraba y me sorprendía porque no podía entender cómo no se agotaban las lágrimas, pero tenía paz. Era como el dolor de las contracciones durante el parto, duelen, pero no es un dolor agresivo porque sabes que ya te queda menos tiempo para tener en brazos al amor de tu vida. Durante ese tiempo tuve la necesidad imperiosa de racionalizar la fe que me habían transmitido desde pequeña, y de racionalizar aquel momento de paz inmensa que tuve cuando mi hijo se marchó. El mundo me decía que fuese al psicólogo, a grupos de ayuda, que necesitaba dormir, que había medicamentos que me podían ayudar, que tenía que salir, que tenía que olvidar… Y no hice ni caso y me dediqué a leer todos los libros que encontré sobre la muerte. Y todo lo que leía me decía que aquella fe en una vida eterna era razonable. La fe tiene un punto de creer sin ver, de confianza y de misterio (hay ciertas cosas que es imposible escudriñar y comprender), pero también tiene mucho de racional. La fe y la razón son compatibles.

Estuve un año de mi vida haciendo todo lo que se suponía que no tenía que hacer. Me pasaba el día entero hablando de mi hijo con el que me quería escuchar, y para ello creé un blog a través del cual conocí a muchísimas mujeres de todo el mundo que habían pasado por la experiencia de enterrar a un hijo: recién nacido, de pocos meses, adolescentes, jóvenes, adultos… Decía Oscar Wilde que «si nunca se habla de una cosa es como si nunca hubiera sucedido». Me encontré con mujeres que me contaron que habían perdido un hijo pero que no querían hablar de ello. No lo podía entender. Estoy absolutamente convencida que si no vives un duelo con toda la intensidad que se merece, queda la herida abierta para siempre. Si te entregas con pasión al duelo queda una cicatriz (eso es inevitable), pero la herida estará curada.

Dice Mercé Castro:

«De la muerte se habla poco y de la muerte de un hijo mucho menos, pero los padres y las madres que hemos pasado por el horror de ver morir a un hijo necesitamos, desesperadamente, expresar nuestros sentimientos. Es, creo, una necesidad vital que nos aleja de la locura y nos ayuda a encontrar, de nuevo, sentido a la vida».

Efectivamente, estoy con esta mujer. Hablar o enloquecer. No se puede hacer como si nunca hubiera sucedido…

Cuando pasó aproximadamente un año sentí de una manera clara y distinta como diría Descartes, que ya había tocado fondo y ya podía y debía comenzar el ascenso. Empecé a sentir de nuevo alegría por las cosas pequeñas, volví a reírme a carcajadas por chorradas, dejé de leer libros sobre la muerte, seguía pensando y hablando de mi hijo, pero con una sonrisa en los labios, pude volver a coger a un recién nacido…

Con esto no quiero decir que mi manera de vivir el duelo fuese la correcta. Habrá tantas maneras como personas y como circunstancias. Pero sé que hay caminos y caminos. Sé que hay que hacer caso a lo que te diga tu intuición y obrar en consecuencia. Los amigos y familiares con su buena intención y porque es muy difícil acompañar a una persona que está sufriendo te invitan a olvidar, a vivir, a evadirte de la realidad ya sea mediante el trabajo, los viajes, los medicamentos. Y todo esto puede ser útil o necesario según las circunstancias de cada persona, pero no son el camino. Son muletas, pero algún día tendrás que aprender a caminar sin ellas.

¿Qué pasa con los niños? Muchas personas me decían que yo no debía llorar delante de ellos. En aquellos momentos el homeschooling fue una carga para mí porque no me permitía dedicarme a lo que me pedía el cuerpo. Habría agradecido no tener a los niños todo el tiempo junto a mí. Menos mal que eran cuatro y se pasaban el día jugando. Me veían triste, pero yo no noté que les afectase demasiado. Les daba pena que el bebé se hubiera muerto, pero no lo vivieron de una manera trágica. Le hacían dibujos, a mí me regalaban flores y besos… A su manera mi mimaban. El tener que cuidar de ellos (aunque fuera mínimamente me ayudaba a levantarme cada mañana). Después he sentido a veces sentimientos de culpa porque entre el embarazo y el año de luto me perdí mucho de sus infancias, pero es la vida…

Hablábamos mucho y yo les contaba que estaba muy triste porque humanamente me gustaría tenerle conmigo, que cuando los miraba a ellos faltaba el pequeño, pero que yo sabía que estaba en el cielo, que estaba mejor que nosotros, que algún día podríamos estar juntos toda la familia.

Es muy importante hablar con los niños sinceramente de lo que nosotros pensamos de la muerte y tratarlo con naturalidad. No ocultar la enfermedad o la muerte de familiares o amigos. No pasa nada por llevar a un niño a un funeral, a un velatorio o a un entierro en el cementerio. A ver… como decía al principio es una realidad incómoda, pero realidad. La muerte forma parte de la vida. La vida no siempre es bonita y alegre. Justo cuando me enteré de la muerte del amigo de mis hijos, me escribió una amiga para decirme que había nacido su bebé. Mientras unos padres sufrían lo peor que le puede pasar a un padre, otros celebraban lo mejor que te puede dar la Vida (una niña sana y preciosa).

En el libro Los niños también viven el duelo dice:

«A menudo se nos pregunta: ¿A qué edad debe un niño asistir a un funeral? Nuestra respuesta es: Desde el momento de su nacimiento. La aflicción y el duelo son la tristeza del amor. Pensamos que en una familia donde todos aman, todos sufren. No es una opción: vamos a sufrir. Nuestra opción es cómo enseñar a nuestros hijos a sobrellevar el duelo. El cómo sobrelleven su primera pérdida será la forma en que enfrenten cada pena que sufran el resto de sus vidas».

Así es la vida. Cuando hay que celebrar celebremos, bailemos y brindemos, pero cuando hay que sufrir vivamos ese sufrimiento con la misma intensidad.

Es muy duro como padres saber que hagamos lo que hagamos no está en nuestras manos el impedir que nuestros hijos sufran. Más pronto o más tarde se van a enfrentar con el sufrimiento. Cuando perdí a mi hijo, pensé que mi única misión en la vida era transmitir a mis hijos de la tierra valores eternos, para que cuando se encontrasen cara a cara con el sufrimiento tuviesen armas para no desesperar.

Y además esta dicotomía la encontramos en cualquier acontecimiento de la vida. Durante el parto llega un momento en el que el dolor parece insoportable y a los pocos minutos ese dolor se transforma en la mayor dicha imaginable para un ser humano.

No es tan difícil acompañar a una persona que ha sufrido una pérdida, y en cambio es complicado encontrar a alguien que sepa hacerlo sin causarte más daño. Cuando perdí a mi hijo me enfadé con media humanidad. Ahora pienso que cada uno hacía lo que podía y que la mayor parte de las personas actuaban con buena voluntad.

Tenemos que aprender a ser más empáticos y no es difícil. Si pierdes un bebé durante la gestación o de recién nacido es muy frecuente escuchar consejos que te hacen mucho daño. La mayoría de las veces intentan minimizar tu dolor diciendo cosas como:

  • Ya tendrás más…
  • Ya tienes X hijos…
  • Ha sido lo mejor, imagínate toda la vida sufriendo (si el bebé tenía problemas).
  • Mejor ahora que más tarde (si es durante la gestación).
  • Ya tienes un ángel en el cielo (aunque tengas fe, en esos momentos preferirías tener un hijo en brazos).

Y sobre todo la gente intenta evitar hablar de ello, para no recordártelo. Cuando me decían lo de no recordármelo me ponía enferma… ¡pero si no piensas en otra cosa durante las veinticuatro horas del día!

Como el protagonista del Cuento de Navidad de Natalia Sanmartín Fenollera:

“Estaba siempre en nuestra cabeza, aunque no dijésemos nada, aunque callásemos, sobre todo cuando callábamos”.

Yo tenía amigas que me escuchaban contar lo mismo mil veces (pobrecillas…), que me dejaban llorar, que me regalaban chocolate (aunque a mí no me gusta el dulce ja,ja,ja). Por eso digo que es muy fácil acompañar porque en realidad solo tienes que estar pendiente de la persona, atenta a lo que necesita. Si necesita hablar dejemos que hable, si necesita llorar que llore, si necesita soledad perimitirle esa soledad, pero que sepa que estamos ahí para lo que necesite, cuando lo necesite. En mi primer parto en casa, mi madre estaba presente y cuando nació el bebé estaba emocionada, pero me dijo: eso si…a estas mujeres no las contrates más, ¡no han hecho nada! Ja,ja,ja… Y eso demuestra que habían hecho muy bien su trabajo porque es más difícil «no hacer» que hacer. Ellas estaban ahí presentes por si era necesaria su intervención, acompañaban, pero sin interferir, dando la confianza de que en caso de urgencia actuarían, pero respetando en todo momento mis ritmos y necesidades. Me contaban ellas que durante el expulsivo es muy difícil no hacer nada y esperar a que todo se desarrolle al ritmo perfecto de la Naturaleza. Cuando pasó lo de mi hijo una amiga me enviaba cada mañana un mensaje al WhatsApp pero un mensaje sencillo que no necesitaba respuesta. Un mensaje que implicaba: Aquí estoy, sé lo que estás sufriendo. Y aquellas palabras que recibí durante meses me hacían llorar, pero sentía que había alguien en el mundo que comprendía mi dolor, y de alguna manera me ayudaba a llevar la Cruz.

Tenemos que aprender a tener esa empatía para acompañar a los que sufren, y enseñar a nuestros hijos a tener compasión hasta de las estrellas, como diría Graham Greene. Es muy difícil acompañar a alguien en su dolor, sobre todo cuando la persona que está sufriendo una pérdida es alguien muy querido para ti. Por eso, en momentos trágicos los buenos amigos suelen ser una bendición, o incluso perfectos desconocidos que se convierten en hermanos. Muchas veces es mayor el apoyo que te dan los amigos que la familia.

Hay que tomar conciencia de que para transitar el duelo hace falta tiempo. No es natural que una mujer que acaba de ser madre se incorpore a las pocas semanas al vértigo del mundo. No es natural exigir que una persona que acaba de perder a su hijo, a su padre o a su esposa vuelva a sus obligaciones como si nada hubiera pasado. Hace falta tiempo y en la medida de nuestras posibilidades hemos de acaparar ese tiempo con usura.

Dice Mercé Castro:

«La vida de la calle me da vértigo. Nada va conmigo, me es imposible identificarme con la cotidianidad, con las prisas, con los proyectos… Estoy en otro mundo, en otro tiempo, muy lejos de aquí. No formo parte de esa humanidad. Todos parecen tener algo que hacer y yo estoy anclada en mi interior, en mi desconcierto, en mi dolor».

Pensar más en la muerte nos ayuda a vivir mejor. A no sucumbir a la vorágine diaria. Si lo vemos todo bajo la perspectiva de que no sabemos cuando será el día ni la hora podemos vivir una vida mucho más plena y feliz. Estaba pensando en lo absurdo que es dedicar tanto tiempo de la educación a cosas que probablemente jamás vas a necesitar en tu día a día, y no invertir el tiempo necesario a hablar y profundizar sobre los temas eternos. Sobre los temas que han preocupado al hombre de las cavernas y que preocupan al hombre del siglo XXI. Los cuentos clásicos siempre han tratado estas cuestiones y por eso hoy son censurados, edulcorados y lejos de hacer un favor a los niños los dejamos indefensos ante lo importante. Decía Sócrates antes de morir que “una vida sin examen no tiene objeto vivirla para el hombre”, pero nosotros dejamos pasar nuestras vidas y las de nuestros hijos sin examen…

Os voy a dejar algo de bibliografía que a mí me ayudo y espero que os pueda servir también:

BUCAY JORGE: El camino de las lágrimas, Ed. DeBolsillo, marzo 2006.
CASTRO MERCÉ: Volver a vivir, Ed. Integral, Barcelona, 2009.
CENTRO DE PASTORAL LITÚRGICA: La muerte, la esperanza, la fe. Barcelona, 2008.
CLARAMUNT ÁNGELS M.: La cuna vacía. Ed. La esfera de los libros. Madrid, 2009.
FROSSARD ANDRÉ: Dios existe yo me lo encontré. Ed. Rialp, Madrid, 2009.
HAROLD KUSHNER: Cuando a la gente buena les pasan cosas malas.
ISABELLE DE MÉZERAC: Un hijo para la eternidad, Ed. Rialp, 2004.
JOHNSON S.M.Y JOY: Ese momentito. Para los padres que sufren la experiencia de perder un hijo o de que su bebé nazca muerto. Ed. “Centering Corporation”, 2002.
KÜBLER-ROSS, ELISABETH: Sobre la muerte y los moribundos, Ed. Mondadori, 2000. La muerte: un amanecer, Barcelona, Ed. Luciérnaga, 2008. Terminé leyendo todos los libros de esta autora, los recomiendo.
LEWIS C.S. Una pena en observación, Ed. Anagrama.
MARCH OF DIMES: ¿Qué puede hacer? Ayudar a sus seres queridos a sobrellevar la muerte de su bebé?
MARCH OF DIMES: Del dolor a la recuperación. Cómo enfrentarse a la muerte de su bebé. 338
TROISI SIMONE Y PACCINI CRISTIANA: Nacemos para no morir nunca. La historia de Chiara Corbella Petrillo, Ed. Palabra Hoy.
VICTORIA UROZ: Tu hijo no es perfecto. Aquí se puede descargar el ebook: http://www.bubok.es/libros/206124/Tu-hijono-es-perfect

ESTORCH RUIZ, PALOMA: Pequeños pasos. Ni este libro ni los siguientes habrían nacido nunca si no llega a ser por Kai.

Y termino con las palabras de Sócrates antes de ser condenado a muerte:

“Es ya hora de marcharnos, yo a morir y vosotros a vivir. Quién de nosotros se dirige a una situación mejor es algo oculto para todos, excepto para el dios”.

Apología Platón

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